Cap.
Espacio basura
El “espacio basura” es un
Triángulo de las Bermudas de conceptos, una placa de Petri abandonada: suprime
las distinciones, socava la determinación y confunde la intención con la
ejecución; reemplaza la jerarquía por la acumulación, la composición por la
adición. Más y más, más es más. El “espacio basura” está demasiado maduro y
desnutrido al mismo tiempo; es un colosal manto de seguridad que cubre la
tierra con un monopolio de seducción... El “espacio basura” es como estar
condenado a un jacuzzi perpetuo con millones de tus mejores amigos... Es un
enmarañado imperio de confusión que funde lo elevado y lo mezquino, lo público
y lo privado, lo derecho y lo torcido, lo atiborrado y lo famélico, para
ofrecer un mosaico ininterrumpido de lo permanentemente inconexo.
Siendo aparentemente una apoteosis,
espacialmente grandiosa, el efecto de su riqueza es una vacuidad terminal, una
depravada parodia de ambición que sistemáticamente erosiona la credibilidad de
la construcción, posiblemente para siempre... El espacio se creó apilando unos
materiales encima de otros y uniéndolos para formar una totalidad nueva y
sólida. El “espacio basura” es aditivo, estratificado y ligero, no está
articulado en diferentes partes, sino subdividido, descuartizado igual que el
cadáver de un animal desgarrado: pedazos amputados de una situación universal.
No hay muros, solo tabiques, membranas relucientes a menudo recubiertas de
espejo o de oro. La estructura cruje invisible bajo la decoración; o peor, se
ha vuelto ornamental; pequeñas y brillantes mallas tridimensionales resisten
esfuerzos simbólicos, y enormes vigas transmiten las cargas a destinos
insospechados... El arco, en su momento la bestia de carga de las estructuras,
se ha convertido en el agotado emblema de la “comunidad”, que da la bienvenida
a una infinidad de poblaciones virtuales a destinos inexistentes.
Cuanto más habitamos lo
palaciego, más informalmente parece que
nos vestimos. Un estric- to código indumentario —¿el último arrebato de la
etiqueta?— rige el acceso al “espacio basura”: pantalones cortos, zapatillas
deportivas, sandalias, chándal, borreguillo sintético, vaqueros, chaquetón y
mochila.
El “espacio basura”
mejora con el diseño, pero el diseño muere en el “espacio basura”. No hay
forma, solo proliferación... La regurgitación es la nueva creatividad; en lugar
de la creación, veneramos, apreciamos y abrazamos la manipulación...
Cada elemento cumple su
misión en un aislamiento pactado. Donde antes los detalles indicaban la
agrupación, tal vez para siempre, de materiales dispares, ahora hay un
acoplamiento fugaz que espera a ser deshecho, desatornillado, un abrazo
temporal con grandes probabilidades de separación
Por todo el “espacio
basura” hay conjuntos de asientos, filas de sillas modulares, e incluso
divanes, como si la experiencia que el “espacio basura” ofrece a sus
consumidores fuese significativamente más agotadora que cualquier otra
sensación espacial
Todas las superficies son
arqueológicas, superposiciones de diferentes “períodos” —¿cómo llamaríamos al
momento en que era habitual una clase concreta de moqueta continua? — , como
puede apreciarse cuando se arrancan... Tradicionalmente, la tipología implica
delimitación, la definición de un modelo singular que excluye otras
disposiciones. El “espacio basura” representa una tipología inversa de
identidad acumulativa y aproximativa, relacionada menos con la clase que con la
cantidad.
El “espacio basura” es
una telaraña sin araña; aunque es una arquitectura de masas, cada trayectoria
es estrictamente singular. Su anarquía es una de las últimas maneras tangibles
que tenemos de experimentar la libertad. Es un espacio de colisión, un
contenedor de átomos, abigarrado, no denso... Hay un modo especial de moverse
en el “espacio basura”, al mismo tiempo errante y decidido. Es una cultura
aprendida. El “espacio basura” muestra la tiranía del olvido: a veces, todo un
“espacio basura” se viene abajo debido al inconformismo de uno de sus miembros;
un solo ciudadano de otra cultura.
Cada “espacio basura”
está conectado, antes o después, con las necesidades fisiológicas. El
envejecimiento en el “espacio basura” es inexistente o catastrófico; a veces,
todo un “espacio basura”
. El “espacio basura” se
despoja de la arquitectura igual que un reptil muda de piel, y renace cada
lunes por la mañana. En la construcción anterior, la materialidad se basaba en
un estado final que solo podía modificarse a costa de una destrucción parcial.
En el mismo momento en que nuestra cultura ha abandonado la repetición y la
regularidad como algo represivo, los materiales de construcción se han vuelto
cada vez más modulares, unitarios y estandarizados; la materia viene
predigitalizada... El “espacio basura” es político: depende de la eliminación
centralizada de la capacidad crítica en nombre de la comodidad y el placer.
La comodidad es la nueva
Justicia. Países diminutos enteros adoptan ahora el “espacio basura” como un
programa político, establecen regímenes de desorientación planificada, instigan
una política de desorganización sistemática. No es exactamente el “todo vale”;
en realidad, el secreto del “espacio basura” está en que es promiscuo y al
mismo tiempo represivo: a medida que prolifera lo informe, lo formal se
atrofia, y con ello todas las reglas,
El
“espacio basura” surge espontáneamente gracias a la natural exuberancia
empresarial —el libre juego de los mercados— o bien se genera mediante la
acción combinada de “zares” temporales y largos historiales de filantropía
tridimensional, burócratas (a menudo exizquierdistas) que liquidan alegremente
vastas extensiones de litoral, antiguos hipódromos, bases militares y
aeródromos abandonados, a promotores o magnates inmobiliarios que pueden
encajar cualquier déficit en unos balances futuristas, o mediante la
Conservación por Omisión (el mantenimiento de conjuntos históricos que nadie
quiere pero que el Zeitgeist ha declarado sacrosantos).
A
medida que su escala crece rápidamente —y rivaliza con la del espacio público,
incluso superándola—, su economía se vuelve más inescrutable. Su financiación
es una bruma deliberada que difumina acuerdos poco claros, dudosas evasiones
fiscales, incentivos insólitos, exenciones, legalidades endebles, derechos
aéreos transferidos, copropiedades, barrios de zonificación especial y
complicidades entre lo público y lo privado. Financiado mediante bonos,
loterías, subsidios, limosnas o subvenciones, un errático flujo de yenes, euros
y dólares crea envoltorios financieros que son tan frágiles como sus
contenidos.
Debido a un descubierto estructural, a un
déficit fundamental o a una bancarrota contingente, cada centímetro cuadrado se
convierte en una superficie codiciosa y necesitada que depende de ayudas,
descuentos, compensaciones y recaudación de fondos, ya sean manifiestos o
encubiertos. Para la cultura, “placas en honor del donante”; para todo lo
demás, dinero en efectivo, arriendos, usufructos y franquicias, la apoyatura de
las marcas.
El
“espacio basura” se expande con la economía, pero su huella no puede
contraerse: cuando ya no es necesario, disminuye. Debido a su endeble
viabilidad, el “espacio basura” tiene que tragarse cada vez más programa para
sobrevivir; pronto podremos hacer cualquier cosa en cualquier sitio. Habremos
conquistado el lugar. Al final del “espacio basura”, ¿lo Universal? Gracias al
“espacio basura”, a la vieja aura se le ha inyectado un nuevo lustre para
alumbrar una súbita viabilidad comercial
El “espacio basura” es el
espacio como vacación; antes había una relación entre el ocio y el trabajo, una
imposición bíblica que dividía nuestras semanas y organizaba la vida pública.
Ahora trabajamos más duro, atascados en un inacabable viernes informal...
La ecología y la economía
se han adherido en el “espacio basura” para formar la ecolomía. La economía se
ha vuelto fáustica; el hiperdesarrollo depende del subdesarrollo artificial;
una enorme burocracia global está en vías de establecer, en un colosal
yin/yang, el equilibrio entre el “espacio basura” y el golf, entre lo raspado y
lo cuidado, cambiando el derecho a saquear
El “espacio basura” es un
mundo de “mira, sin manos”... La constante amenaza de la virtualidad en el
“espacio basura” ya no se ve conjurada por los productos petroquímicos, el
plástico, el vinilo o la goma; lo sintético degrada. El “espacio basura” ha
exagerado sus reivindicaciones de lo auténtico. El “espacio basura” es como un
útero que organiza la transición de interminables cantidades desde lo Real
Conceptualmente, cada
monitor, cada pantalla de televisión es el sustituto de una ventana: la vida
real está dentro, mientras que el ciberespacio se ha convertido en los grandes
exteriores... La humanidad siempre está hablando de arquitectura. ¿Qué tal si
el espacio empezase a mirar a la humanidad? ¿Invadiría el “espacio basura” el
cue
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