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CRÍTICA DE LA ECONOMÍA POLÍTICA DEL SIGNO AUTOR: JEAN BAUDRILLARD



FETICHISMO E IDEOLOGÍA
Fetichismo: Admiración exagerada hacia una persona o una cosa a la que se otorgan unas virtudes extraordinarias.
Ideología: Conjunto de ideas que caracterizan a una persona, escuela, colectividad, movimiento cultural, religioso, político, etc.
Fetichismo de la mercancía, fetichismo del dinero: lo que, en Marx, describe la ideología vivida de la sociedad capitalista, es decir el modo de sacralización, de fascinación, de sujeción psicológica por el que los individuos interiorizan el sistema generalizado del valor de cambio, o también tocio el proceso por el cual los valores sociales concretos de trabajo y de intercambio, negados, abstraídos, "alienados" por el sistema del capital, se erigen en valores ideológicos trascendentes, en instancia moral que regula todas las conductas alienadas, que suceden en la misma función al fetichismo arcaico y al engaño religioso (el "opio del pueblo")
fetichismo arcaico este fetichismo ha llegado a ser el comodín del análisis contemporáneo. Mientras que Marx lo relacionaba todavía con una forma y, por lo tanto, a un nivel de análisis científico, lo vemos hoy explotado a un nivel sumario y empírico: fetichismo de los objetos, fetichismo del automóvil, fetichismo del sexo, fetichismo de las vacaciones, etc., donde va no remite sino a una visión idolátrica, difusa, estallada, del entorno del consumo, donde este mismo no es otra cosa que el concepto-fetiche de un pensamiento vulgar, que trabaja alegremente, a cubierto de una crítica patética, en la reproducción ampliada de la ideología.
toda la ideología occidental cristiana y humanista. "El culto de ciertos objetos terrenos y materiales llamados fetiches que por este motivo llamaré fetichismo." la gran metáfora fetichista no ha cesado de ser el legítimo del análisis del "pensamiento mágico", ya fuese el de las tribus bantúes o el de los pueblos modernos metropolitanos inmersos en sus objetos y sus signos.
La metáfora fetichista consiste, en un sincretismo heredado de las representaciones primitivas, en analizar los mitos, los ritos, las prácticas, en términos de fuerza, de fuerza mágica trascendente, de mana (cuyo último avatar serla eventualmente la libido), fuerza transferida a seres, a objetos, a instancias, fuerza difusa y universal pero cristalizada en puntos estratégicos y cuyo flujo puede ser regulado y desviado en beneficio suyo por el individuo o el grupo: tal será el objetivo mayor de todas sus prácticas, incluso alimentarias. Así se despliega la visión animista: todo ocurre entre la hipóstasis de una fuerza, su trascendencia peligrosa, y la captura de esta fuerza que deviene entonces benéfica.
 En estos términos es como los indígenas han racionalizado su experiencia del mundo o del grupo. En los mismos términos es como los antropólogos han racionalizado su experiencia de los indígenas, conjurando con ello la interrogación crucial que hacían pesar estas sociedades nuevas sobre su propia civilización Racionalistas, han saturado incluso con frecuencia lógica y mitologicamente un sistema de representaciones que los indígenas sabían conciliar con prácticas objetivas más flexibles.
 Son los prolegómenos de esta metáfora fetichista en nuestras sociedades industriales modernas los que nos interesan aquí, en la medida en que aquélla encierra el análisis crítico (liberal o marxista) en el mismo lazo sutil de una antropología racionalista.
¿Qué significa el concepto de "fetichismo de la mercancía", sino la idea de una "falsa conciencia", de una conciencia consagrada al culto del valor de cambio
fantasma ideal de una conciencia no alienada, o de un status objetivo "verdadero" del objeto: su valor de uso? Por doquier aparece, esta.
metáfora fetichista implica el fetichismo de un sujeto consciente o de una esencia del hombre, una metafísica de la racionalidad que fundamenta todo el sistema de valores cristiano-occidental. Allí donde la teoría marxista parece apoyarse sobre esta misma antropología, dicha metáfora fetichista refrenda ideológicamente este mismo sistema de valores, que por otra parte dialoga al hacer su análisis histórico objetivo. Remitir todos los problemas del "fetichismo" a los mecanismos superestructurales de la "falsa conciencia" es arrebatarse toda posibilidad de analizar el verdadero proceso de trabajo ideológico.
Negarse a analizar en su lógica propia las estructuras y el modo de producción ideológica es condenarse, detrás del discurso "dialéctico" en términos de lucha de clases, a trabajar de hecho en la reproducción ampliada de la ideología, y por lo tanto del propio sistema capitalista.
Así, el problema de la "fetichización'' generalizada de la vida real nos remite al de la producción de la ideología y, de ahí, a una exposición de la teoría-fetiche de la infraestructura y de la super estructura, hacia una teoría más vasta de las fuerzas productivas, todas ellas implicadas hoy estructuralmente en el sistema del capital (y no las unas infraestructuralmente -la producción material y las otras super estructuralmente la producción ideológica. En cierto modo, hay una fatalidad unida al término de "fetichismo", que hace que en lugar de designar lo que quiere decir (metalenguaje sobre el pensamiento mágico) se vuelva subrepticiamente contra los que lo emplean y designe en ellos el uso de un complejo mágico.
En apariencia, únicamente el psicoanálisis ha salió de este círculo vicioso, relacionando el fetichismo con una estructura perversa, la cual se hallarla quizá en el fondo de todo deseo. El término, así circunscrito par su definición estructural (articulada sobre la realidad clínica del objeto-fetiche y de su manipulación) de rechazo de la diferencia de los sexos, deja de ser soporte de un pensamiento mágico: deviene un concepto analítico para una teoría de la perversión. Si no es posible, en el campo de las ciencias· sociales, encontrar el equivalente (no analógico) de esta aceptación rigurosa, el equivalente al nivel del proceso de producción ideológica de lo esté es en psicoanálisis el proceso de la estructura perversa -es decir una articulación que haga de la célebre fórmula del "fetichismo de la mercancía" otra cosa que un barbarismo (el "fetichismo" remitiendo a un pensamiento mágico y la "mercancía" a un análisis estructural del capital), que dé de lado a la metáfora fetichista del "culto del becerro de oro", así sea en el recuento marxista del "opio del pueblo", que aleja toda magia conservando únicamente un sentido el análisis del sistema totémico, y la integración dinámica de este tema.
Este mismo corte radical, a la vez teórico y clínico, es el que hay que imponer en el análisis social. A partir del fetichismo, toda la teoría de la ideología se halla sujeta a revisión. Si los objetos, según vemos, no son esas instancias dedicadas, dotadas de fuerza y de mana, en las cuales el sujeto se proyecta y se enajena, si el fetichismo clériga otra cosa que esta metafísica de la esencia alienada,
El término "fetiche", que remite hoy a una fuerzo, a una propiedad sobrenatural del objeto, y por lo tanto a la misma virtualidad mágica del sujeto, a través de los esquemas de proyección y de captura, de alienación y de reapropiación, este término ha sufrido una curiosa distorsión semántica, ya que significaba en su origen exactamente lo contrario: una fabricación, un artefacto, un trabajo de apariencias y de signos.
Por doquier aparece el aspecto de "fanatice" [fingimiento], de disimulo, de engaño, de artificio, en suma, de un trabajo cultural de signos en el origen del status del objeto-fetiche, y por Jo tanto también en algo de la fascinación que ejerce. Este aspecto está cada vez más reprimido por la representación inversa (los dos coexisten todavía en portugués, donde fetiche adjetivo significa artificial", y como sustantivo "objeto encantado, sortilegio), que sustituye la manipulación de signos por una manipulación de fuerzas, y un juego regulado de significantes por una economía mágica de transferencia de significados.
El "talismán" también está vivido y representado, al modo animista, como receptáculo de fuerzas: se olvida que es ante todo un objeto marcado de signos son los signos de la mano, del rostro, o los caracteres de la cábala, o la figura de algún cuerpo celeste que, inscritos en el objeto, lo convierten en un talismán.
Así, en la teoría "fetichista" del consumo, la de los estrategos como la de los usuarios, los objetos son dados y recibidos como dispensadores de fuerza (felicidad, salud, seguridad, prestigio, etc.) esta sustancia mágica esparcida por doquier hace olvidar que son ante todo signos, un código generalizado de signos, un código totalmente arbitrario (facticio, "fetiche") de diferencias, y fe ahí, y en modo alguno de su valor de ellos, ni de sus "virtudes'' infusas, procede la fascinación que ejerce. Si hay fetichismo, no es, pues, un fetichismo del significado, un fetichismo de las sustancias y de los valores (llamados ideologicos) lo que el objeto-fetiche encarnaría para el sujeto alienado es, detrás de esta reinterpretación (la cual sí que es realmente ideológica), fetichismo del significante, es decir la prensión del sujeto en aquello que, del objeto, es "facticio". diferencial, citado, sistematizado. En el fetichismo, no es la pasión de las sustancias la que habla (ya sea la de los objetos o la del sujeto), es la pasión del cifrado que, regulando y subordinándose a la vez objetos y sujetos, los destina juntos a la manipulación abstracta. Es la articulación fundamental del proceso de la ideología: no en la proyección de una conciencia alienada en superestructuras, sino en la generalización misma, a todos los niveles, de un código estructural.
Aparece entonces que el "fetichismo de la mercancía" se interpreta no ya según la dramaturgia paleo marxista como la instancia, en tal o cual objeto, de una fuerza que volvería a obsesionar al individuo, aislado del producto de su trabajo, con todos )os prestigios de una inversión (trabajo y afectividad) desviada, sino como la fascinación (ambivalente) de una forma (lógica de la mercancía o sistema del valor de cambio) , como la prensión, para lo mejor y para lo peor, en la lógica coactiva de un sistema de abstracción.
 Algo como un deseo, como un deseo perverso, se abre paso aquí, un deseo que tiende a la sistematicidad de los signos precisamente porque niega, porque suprime, porque exorciza todas las contradicciones nacidas del proceso de trabajo real del mismo modo que, en el objeto-fetiche del fetichista, la estructura perversa viene a organizarse en tomo de una ,marca, en tomo de la abstracción de una marca que suprime, que niega, que exorciza la diferencia de los sexos. En este sentido, el fetichismo no es la sacralización de tal o cual objeto, de tal o cual valor (en cuyo caso podría esperarse verlo desaparecer en nuestra época en que la liberalización de los valores y la abundancia de los objetos deberían "normalmente'' tender a desacralizarlo),
 es la sacralización del sistema como tal, es la de la mercancía como sistema: es, pues, contemporáneo de la generalización del valor de cambio, y se propaga con él. Cuanto más se sistematiza el sistema, más se refuerza la fascinación fetichista y, si invade dominios siempre nuevos, cada vez más alejados del estricto valor de cambio económico (la sexualidad, los ocios, etc.), no es a causa de una obsesión de goce, de un deseo sustancial de placer o de tiempo libre, sino a causa de la sistematización progresivamente  brutal) de estos sectores, es decir de su reducción a valores-signos sustituibles dentro del marco de un sistema esta vez virtualmente total del valor de cambio.
 Así la fetichización de la mercancía es la del producto vaciado de su sustancia concreta de trabajo y sometido a otro tipo de trabajo, un trabajo de significación, es decir de abstracción cifrada producción de diferencias y de valores-signos-, proceso activo, colectivo, de producción y de reproducción de un código, de un sistema, investido de todo el deseo desviado, errante, des intrincado del proceso de trabajo real y transferido sobre lo que precisamente niega el proceso de trabajo real.
Así, el fetichismo actual del objeto se vincula al objeto-signo vaciado de su sustancia y de su historia, reducido al estado de marca de una diferencia y resumen de todo un sistema de diferencias. Que la fascinación, el culto, la investidura de deseo y finalmente el goce (perverso) se deban al sistema, y no a la sustancia es algo que aparece en el no menos célebre "fetichismo del dinero".
Lo que fascina en el dinero (el oro) no es ni su materialidad, ni aun el equivalente percibido de determinada fuerza (de trabajo) o de determinado poder virtual, es su sistematicidad, es la virtualidad, encerrada en esta materia, de sustitutividad total de todos los valores gracias a su abstracción definitiva. Es la abstracción, la artificialidad total del signo lo que se "adora" en el dinero, es la perfección cerrada de un sistema lo que es esterotipado.
 Por este motivo, la fuerza de trabajo, como macandá, está "fetichizada". Dentro del marco de este sistema, el valor de uso llega a ser inaprensible. no tanto como valor original perdido, sino precisamente como función derivado del valor de cambio. Es el valor de cambio el que induce en adelante el valor de uso (necesidades y satisfacciones), como formando (ideológicamente) sistema con él dentro del marco de la economía política.
esto reside toda la diferencia entre la patología del avaro vinculada a la materialidad fecal del oro, y el fetichismo tal como tratamos de definirlo aquí como proceso ideológico. Hemos visto en otro lugar de qué modo, en la colección, no es ni la índole de los objetos ni aun su valor simbólico lo que importa, sino algo precisamente adecuado para negar todo esto a la vez que la realidad de la castración en el sujeto, y que es la sistematicidad del ciclo colectivo, en la que el paso continuo de un término al otro ayuda al sujeto a tener un mundo cerrado e invulnerable sin obstáculo para la realización del deseo (perverso, naturalmente) .
Existe hoy un domino en el que esta Lógica "fetichista" de la mercancía puede ilustrarse con relieve y permitir que se siga con más precisión lo que llamamos el proceso de trabajo ideológico: el del cuerpo y de la belleza. No hablamos ni del uno ni de la otra como valor absoluto (hablamos de la obsesión actual de liberación del cuerpo, de la obsesión de belleza que alimentan hoy la crónica cotidiana. Esta. belleza-fetiche no tiene ya nada de un efecto del alma (visión espiritualista), de una gracia natural de los movimientos o del rostro, transparencia de la verdad (visión idealista), o de una "genialidad" del cuerpo que pudiera traducirse igualmente por la fealdad expresiva (visión romántica).
en la división del trabajo (estructura social ideológica). Igualmente, el redescubrimiento moderno delcuerpo y de sus prestigios no es inocentemente contemporáneo del capitalismo mon_opoHstico y de los descubrimientos del psicoanálisis:
1.         la división fundamental del sujeto, por lo que importa conjurar esta amenaza, restaurar el individuo dándole por cimientos, por legitimidad, por emblema no ya un alma o un espíritu, sino un cuerpo muy suyo, del cual se haya eliminado toda negatividad del deseo y que ya no funciona sino como exponente de belleza y de felicidad. El Cuerpo está ahí para liquidar lo Inconsciente y su trabajo, para devolver fuena al Sujeto Uno y Homogéneo, piedra angular del Sistema de Valores y del Orden.
2.        a causa de que el capitalismo monopolístico, no contento con explotar el cuerpo como fuerza de trabajo, llega a desunir, a trocear la expresividad misma del cuerpo en el trabajo, en el intercambio, en el juego, recuperando todo esto como necesidades individuales, y por lo tanto como fuerzas productivas y a causa esta movilización de las inversiones a todos los niveles como fuerzas productivas crea a largo plazo contradicciones muy profundas políticas también, pero según una redefinición radical de lo político que tuviera en cuenta esta socialización totalitaria de todos los sectores de la vida real
El cuerpo sexuado no funciona a qui ya más que sobre su única vertiente positiva que es la:
·         de la necesidad (y no del deseo);
·         de la satisfacci6n (la carencia, la negatividad, la muerte, la castración no se inscriben ya en ella);
·         del derecho al cuerpo y al sexo (la subversividad, la negatividad social del cuerpo y del sexo están concretados en ella en una reivindicación "democrática'' formal: el "derecho al cuerpo").
El Inconsciente: el Inconsciente actual, sometido a los medios de comunicación colectiva, semiologizado, sustantivado, museificado, individualizado, "personalizado". Cada cual hoy "tiene" un inconsciente: Mi, Tu, Su Inconsciente
Se ve que la reduccion semiológica del inconsciente a un simple término oposicional a la conciencia implica de hecho una subordinación jerárquica a la conciencia, una formalización reductora del inconsciente en bene· ficio de la conciencia, y ·por lo tanto una reducción ideológica al sistema de orden y de valores sociales capitalistas.
No existe conclusión para este comienzo de análisis del proceso ideológico. Los esquemas que de él se desprenden son, en resumen:
1.        La homología, la simultaneidad de la operación ideológica sobre el plano de ]a estructura psíquica y de la estructura social. No hay aquí causa ni efecto, super ni infraestructura, ni privilegio analítico de uno u otro campo, de una u otra instancia, so pena de distorsión causal y de recurso desesperado a la analogía.
2.        El proceso de trabajo ideológico tiende siempre a reducir el proceso de trabajo real (proceso de trabajo simbólico del inconsciente en la división del tema, proceso de trabajo de las fuerzas productivas en la fragmentación de las relaciones de producción). Este proceso es siempre un proceso de abstracción por los signos, de sustitución del proceso de trabajo real por un sistema de oposiciones distintivas (primer tiempo: proceso de significación). Pero estas oposiciones no son neutras: se jerarquizan en privilegio de uno de los términos (segundo tiempo: proceso de discriminación). La significación no arrastra siempre la discriminación ( oposiciones fonemáticas al nivel de la lengua); pero la discriminación supone siempre la significación, la función/ signo reductora de la ambivalencia y de lo simbólico.
3.        El desglose, la operación de marcar por los signos va siempre acompañada de una totalización por los signos y de una autonomía formal de los sistemas de signos. La lógica de los signos opera por diferenciaci6n interna y por homogeneización de conjunto. Únicamente el trabajo sobre el material abstracto, formal, homogéneo que son los signos hace posible este acabado, esta perfección, este espejismo lógico que hace la eficacia de la ideología. Es la coherencia abstracta, suturando todas las contradicciones y las divisiones, lo que hace su poder de fascinación (el "fetichismo") y que vuelve a encontrarse tanto en el sistema erótico como en la seducción perversa ejercida por e] sistema del valor de cambio, presente por entero en la menor mercancía.
4.        Esta totalización abstracta permite a los signos funcionar ideológicamente, es decir fundar y perpetuar la~ discriminaciones reales y el orden del poder.

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