FETICHISMO
E IDEOLOGÍA
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Fetichismo:
Admiración
exagerada hacia una persona o una cosa a la que se otorgan unas virtudes
extraordinarias.
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Ideología: Conjunto de ideas que caracterizan
a una persona, escuela, colectividad, movimiento cultural, religioso,
político, etc.
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Fetichismo de la mercancía, fetichismo del dinero: lo
que, en Marx, describe la ideología vivida de la sociedad capitalista, es decir
el modo de sacralización, de fascinación, de sujeción psicológica por el que
los individuos interiorizan el sistema generalizado del valor de cambio, o
también tocio el proceso por el cual los valores sociales concretos de trabajo
y de intercambio, negados, abstraídos, "alienados" por el sistema del
capital, se erigen en valores ideológicos trascendentes, en instancia moral que
regula todas las conductas alienadas, que suceden en la misma función al
fetichismo arcaico y al engaño religioso (el "opio del pueblo")
fetichismo
arcaico este fetichismo ha llegado a ser el
comodín del análisis contemporáneo. Mientras que Marx lo relacionaba todavía
con una forma y, por lo tanto, a un nivel de análisis científico, lo vemos hoy
explotado a un nivel sumario y empírico: fetichismo de los objetos, fetichismo
del automóvil, fetichismo del sexo, fetichismo de las vacaciones, etc., donde
va no remite sino a una visión idolátrica, difusa, estallada, del entorno del
consumo, donde este mismo no es otra cosa que el concepto-fetiche de un
pensamiento vulgar, que trabaja alegremente, a cubierto de una crítica
patética, en la reproducción ampliada de la ideología.
toda la ideología occidental cristiana y humanista.
"El culto de ciertos objetos terrenos y materiales llamados fetiches que
por este motivo llamaré fetichismo." la gran metáfora fetichista no ha
cesado de ser el legítimo del análisis del "pensamiento mágico", ya
fuese el de las tribus bantúes o el de los pueblos modernos metropolitanos
inmersos en sus objetos y sus signos.
La metáfora fetichista consiste, en un sincretismo
heredado de las representaciones primitivas, en analizar los mitos, los ritos,
las prácticas, en términos de fuerza, de fuerza mágica trascendente, de mana
(cuyo último avatar serla eventualmente la libido), fuerza transferida a seres,
a objetos, a instancias, fuerza difusa y universal pero cristalizada en puntos
estratégicos y cuyo flujo puede ser regulado y desviado en beneficio suyo por
el individuo o el grupo: tal será el objetivo mayor de todas sus prácticas,
incluso alimentarias. Así se despliega la visión animista: todo ocurre entre la
hipóstasis de una fuerza, su trascendencia peligrosa, y la captura de esta
fuerza que deviene entonces benéfica.
En estos
términos es como los indígenas han racionalizado su experiencia del mundo o del
grupo. En los mismos términos es como los antropólogos han racionalizado su
experiencia de los indígenas, conjurando con ello la interrogación crucial que
hacían pesar estas sociedades nuevas sobre su propia civilización
Racionalistas, han saturado incluso con frecuencia lógica y mitologicamente un
sistema de representaciones que los indígenas sabían conciliar con prácticas
objetivas más flexibles.
Son los
prolegómenos de esta metáfora fetichista en nuestras sociedades industriales
modernas los que nos interesan aquí, en la medida en que aquélla encierra el
análisis crítico (liberal o marxista) en el mismo lazo sutil de una
antropología racionalista.
¿Qué significa el concepto de "fetichismo de la
mercancía", sino la idea de una "falsa conciencia", de una
conciencia consagrada al culto del valor de cambio
fantasma ideal de una conciencia no alienada, o de un
status objetivo "verdadero" del objeto: su valor de uso? Por doquier
aparece, esta.
metáfora fetichista implica el fetichismo de un
sujeto consciente o de una esencia del hombre, una metafísica de la
racionalidad que fundamenta todo el sistema de valores cristiano-occidental.
Allí donde la teoría marxista parece apoyarse sobre esta misma antropología,
dicha metáfora fetichista refrenda ideológicamente este mismo sistema de
valores, que por otra parte dialoga al hacer su análisis histórico objetivo.
Remitir todos los problemas del "fetichismo" a los mecanismos
superestructurales de la "falsa conciencia" es arrebatarse toda
posibilidad de analizar el verdadero proceso de trabajo ideológico.
Negarse a analizar en su lógica propia las
estructuras y el modo de producción ideológica es condenarse, detrás del
discurso "dialéctico" en términos de lucha de clases, a trabajar de
hecho en la reproducción ampliada de la ideología, y por lo tanto del propio
sistema capitalista.
Así, el problema de la "fetichización''
generalizada de la vida real nos remite al de la producción de la ideología y,
de ahí, a una exposición de la teoría-fetiche de la infraestructura y de la
super estructura, hacia una teoría más vasta de las fuerzas productivas, todas
ellas implicadas hoy estructuralmente en el sistema del capital (y no las unas
infraestructuralmente -la producción material y las otras super
estructuralmente la producción ideológica. En cierto modo, hay una fatalidad
unida al término de "fetichismo", que hace que en lugar de designar
lo que quiere decir (metalenguaje sobre el pensamiento mágico) se vuelva
subrepticiamente contra los que lo emplean y designe en ellos el uso de un
complejo mágico.
En apariencia, únicamente el psicoanálisis ha salió
de este círculo vicioso, relacionando el fetichismo con una estructura
perversa, la cual se hallarla quizá en el fondo de todo deseo. El término, así
circunscrito par su definición estructural (articulada sobre la realidad
clínica del objeto-fetiche y de su manipulación) de rechazo de la diferencia de
los sexos, deja de ser soporte de un pensamiento mágico: deviene un concepto
analítico para una teoría de la perversión. Si no es posible, en el campo de
las ciencias· sociales, encontrar el equivalente (no analógico) de esta
aceptación rigurosa, el equivalente al nivel del proceso de producción
ideológica de lo esté es en psicoanálisis el proceso de la estructura perversa
-es decir una articulación que haga de la célebre fórmula del "fetichismo
de la mercancía" otra cosa que un barbarismo (el "fetichismo"
remitiendo a un pensamiento mágico y la "mercancía" a un análisis
estructural del capital), que dé de lado a la metáfora fetichista del
"culto del becerro de oro", así sea en el recuento marxista del
"opio del pueblo", que aleja toda magia conservando únicamente un sentido
el análisis del sistema totémico, y la integración dinámica de este tema.
Este mismo corte radical, a la vez teórico y clínico,
es el que hay que imponer en el análisis social. A partir del fetichismo, toda
la teoría de la ideología se halla sujeta a revisión. Si los objetos, según
vemos, no son esas instancias dedicadas, dotadas de fuerza y de mana, en las
cuales el sujeto se proyecta y se enajena, si el fetichismo clériga otra cosa
que esta metafísica de la esencia alienada,
El término "fetiche", que remite hoy a una
fuerzo, a una propiedad sobrenatural del objeto, y por lo tanto a la misma
virtualidad mágica del sujeto, a través de los esquemas de proyección y de
captura, de alienación y de reapropiación, este término ha sufrido una curiosa
distorsión semántica, ya que significaba en su origen exactamente lo contrario:
una fabricación, un artefacto, un trabajo de apariencias y de signos.
Por doquier aparece el aspecto de
"fanatice" [fingimiento], de disimulo, de engaño, de artificio, en
suma, de un trabajo cultural de signos en el origen del status del
objeto-fetiche, y por Jo tanto también en algo de la fascinación que ejerce.
Este aspecto está cada vez más reprimido por la representación inversa (los dos
coexisten todavía en portugués, donde fetiche adjetivo significa
artificial", y como sustantivo "objeto encantado, sortilegio), que
sustituye la manipulación de signos por una manipulación de fuerzas, y un juego
regulado de significantes por una economía mágica de transferencia de
significados.
El "talismán" también está vivido y
representado, al modo animista, como receptáculo de fuerzas: se olvida que es
ante todo un objeto marcado de signos son los signos de la mano, del rostro, o
los caracteres de la cábala, o la figura de algún cuerpo celeste que, inscritos
en el objeto, lo convierten en un talismán.
Así, en la teoría "fetichista" del consumo,
la de los estrategos como la de los usuarios, los objetos son dados y recibidos
como dispensadores de fuerza (felicidad, salud, seguridad, prestigio, etc.)
esta sustancia mágica esparcida por doquier hace olvidar que son ante todo
signos, un código generalizado de signos, un código totalmente arbitrario
(facticio, "fetiche") de diferencias, y fe ahí, y en modo alguno de
su valor de ellos, ni de sus "virtudes'' infusas, procede la fascinación
que ejerce. Si hay fetichismo, no es, pues, un fetichismo del significado, un
fetichismo de las sustancias y de los valores (llamados ideologicos) lo que el
objeto-fetiche encarnaría para el sujeto alienado es, detrás de esta
reinterpretación (la cual sí que es realmente ideológica), fetichismo del
significante, es decir la prensión del sujeto en aquello que, del objeto, es
"facticio". diferencial, citado, sistematizado. En el fetichismo, no
es la pasión de las sustancias la que habla (ya sea la de los objetos o la del
sujeto), es la pasión del cifrado que, regulando y subordinándose a la vez
objetos y sujetos, los destina juntos a la manipulación abstracta. Es la
articulación fundamental del proceso de la ideología: no en la proyección de
una conciencia alienada en superestructuras, sino en la generalización misma, a
todos los niveles, de un código estructural.
Aparece entonces que el "fetichismo de la
mercancía" se interpreta no ya según la dramaturgia paleo marxista como la
instancia, en tal o cual objeto, de una fuerza que volvería a obsesionar al
individuo, aislado del producto de su trabajo, con todos )os prestigios de una
inversión (trabajo y afectividad) desviada, sino como la fascinación
(ambivalente) de una forma (lógica de la mercancía o sistema del valor de
cambio) , como la prensión, para lo mejor y para lo peor, en la lógica coactiva
de un sistema de abstracción.
Algo como un
deseo, como un deseo perverso, se abre paso aquí, un deseo que tiende a la
sistematicidad de los signos precisamente porque niega, porque suprime, porque
exorciza todas las contradicciones nacidas del proceso de trabajo real del
mismo modo que, en el objeto-fetiche del fetichista, la estructura perversa
viene a organizarse en tomo de una ,marca, en tomo de la abstracción de una
marca que suprime, que niega, que exorciza la diferencia de los sexos. En este
sentido, el fetichismo no es la sacralización de tal o cual objeto, de tal o
cual valor (en cuyo caso podría esperarse verlo desaparecer en nuestra época en
que la liberalización de los valores y la abundancia de los objetos deberían
"normalmente'' tender a desacralizarlo),
es la
sacralización del sistema como tal, es la de la mercancía como sistema: es,
pues, contemporáneo de la generalización del valor de cambio, y se propaga con
él. Cuanto más se sistematiza el sistema, más se refuerza la fascinación
fetichista y, si invade dominios siempre nuevos, cada vez más alejados del
estricto valor de cambio económico (la sexualidad, los ocios, etc.), no es a
causa de una obsesión de goce, de un deseo sustancial de placer o de tiempo
libre, sino a causa de la sistematización progresivamente brutal) de estos sectores, es decir de su
reducción a valores-signos sustituibles dentro del marco de un sistema esta vez
virtualmente total del valor de cambio.
Así la
fetichización de la mercancía es la del producto vaciado de su sustancia
concreta de trabajo y sometido a otro tipo de trabajo, un trabajo de
significación, es decir de abstracción cifrada producción de diferencias y de
valores-signos-, proceso activo, colectivo, de producción y de reproducción de
un código, de un sistema, investido de todo el deseo desviado, errante, des
intrincado del proceso de trabajo real y transferido sobre lo que precisamente
niega el proceso de trabajo real.
Así, el fetichismo actual del objeto se vincula al
objeto-signo vaciado de su sustancia y de su historia, reducido al estado de
marca de una diferencia y resumen de todo un sistema de diferencias. Que la
fascinación, el culto, la investidura de deseo y finalmente el goce (perverso)
se deban al sistema, y no a la sustancia es algo que aparece en el no menos célebre
"fetichismo del dinero".
Lo que fascina en el dinero (el oro) no es ni su
materialidad, ni aun el equivalente percibido de determinada fuerza (de
trabajo) o de determinado poder virtual, es su sistematicidad, es la
virtualidad, encerrada en esta materia, de sustitutividad total de todos los
valores gracias a su abstracción definitiva. Es la abstracción, la
artificialidad total del signo lo que se "adora" en el dinero, es la
perfección cerrada de un sistema lo que es esterotipado.
Por este
motivo, la fuerza de trabajo, como macandá, está "fetichizada".
Dentro del marco de este sistema, el valor de uso llega a ser inaprensible. no
tanto como valor original perdido, sino precisamente como función derivado del
valor de cambio. Es el valor de cambio el que induce en adelante el valor de
uso (necesidades y satisfacciones), como formando (ideológicamente) sistema con
él dentro del marco de la economía política.
esto reside toda la diferencia entre la patología del
avaro vinculada a la materialidad fecal del oro, y el fetichismo tal como
tratamos de definirlo aquí como proceso ideológico. Hemos visto en otro lugar
de qué modo, en la colección, no es ni la índole de los objetos ni aun su valor
simbólico lo que importa, sino algo precisamente adecuado para negar todo esto
a la vez que la realidad de la castración en el sujeto, y que es la
sistematicidad del ciclo colectivo, en la que el paso continuo de un término al
otro ayuda al sujeto a tener un mundo cerrado e invulnerable sin obstáculo para
la realización del deseo (perverso, naturalmente) .
Existe hoy un domino en el que esta Lógica
"fetichista" de la mercancía puede ilustrarse con relieve y permitir
que se siga con más precisión lo que llamamos el proceso de trabajo ideológico:
el del cuerpo y de la belleza. No hablamos ni del uno ni de la otra como valor
absoluto (hablamos de la obsesión actual de liberación del cuerpo, de la
obsesión de belleza que alimentan hoy la crónica cotidiana. Esta.
belleza-fetiche no tiene ya nada de un efecto del alma (visión espiritualista),
de una gracia natural de los movimientos o del rostro, transparencia de la
verdad (visión idealista), o de una "genialidad" del cuerpo que
pudiera traducirse igualmente por la fealdad expresiva (visión romántica).
en la división del trabajo (estructura social
ideológica). Igualmente, el redescubrimiento moderno delcuerpo y de sus
prestigios no es inocentemente contemporáneo del capitalismo mon_opoHstico y de
los descubrimientos del psicoanálisis:
1.
la división fundamental del sujeto, por
lo que importa conjurar esta amenaza, restaurar el individuo dándole por
cimientos, por legitimidad, por emblema no ya un alma o un espíritu, sino un
cuerpo muy suyo, del cual se haya eliminado toda negatividad del deseo y que ya
no funciona sino como exponente de belleza y de felicidad. El Cuerpo está ahí
para liquidar lo Inconsciente y su trabajo, para devolver fuena al Sujeto Uno y
Homogéneo, piedra angular del Sistema de Valores y del Orden.
2.
a causa de que el capitalismo
monopolístico, no contento con explotar el cuerpo como fuerza de trabajo, llega
a desunir, a trocear la expresividad misma del cuerpo en el trabajo, en el
intercambio, en el juego, recuperando todo esto como necesidades individuales,
y por lo tanto como fuerzas productivas y a causa esta movilización de las
inversiones a todos los niveles como fuerzas productivas crea a largo plazo
contradicciones muy profundas políticas también, pero según una redefinición radical de lo político que tuviera en cuenta esta
socialización totalitaria de todos los sectores de la vida real
El cuerpo sexuado no funciona a qui ya más que sobre
su única vertiente positiva que es la:
·
de la necesidad (y no del deseo);
·
de la satisfacci6n (la carencia, la
negatividad, la muerte, la castración no se inscriben ya en ella);
·
del derecho al cuerpo y al sexo (la
subversividad, la negatividad social del cuerpo y del sexo están concretados en
ella en una reivindicación "democrática'' formal: el "derecho al
cuerpo").
El Inconsciente: el Inconsciente actual, sometido a
los medios de comunicación colectiva, semiologizado, sustantivado, museificado,
individualizado, "personalizado". Cada cual hoy "tiene" un
inconsciente: Mi, Tu, Su Inconsciente
Se ve que la reduccion semiológica del inconsciente a
un simple término oposicional a la conciencia implica de hecho una
subordinación jerárquica a la conciencia, una formalización reductora del
inconsciente en bene· ficio de la conciencia, y ·por lo tanto una reducción
ideológica al sistema de orden y de valores sociales capitalistas.
No existe
conclusión para este comienzo de análisis del proceso ideológico. Los esquemas
que de él se desprenden son, en resumen:
1.
La
homología, la simultaneidad de la operación ideológica sobre el plano de ]a
estructura psíquica y de la estructura social. No hay aquí causa ni efecto,
super ni infraestructura, ni privilegio analítico de uno u otro campo, de una u
otra instancia, so pena de distorsión causal y de recurso desesperado a la
analogía.
2.
El
proceso de trabajo ideológico tiende siempre a reducir el proceso de trabajo
real (proceso de trabajo simbólico del inconsciente en la división del tema,
proceso de trabajo de las fuerzas productivas en la fragmentación de las
relaciones de producción). Este proceso es siempre un proceso de abstracción
por los signos, de sustitución del proceso de trabajo real por un sistema de
oposiciones distintivas (primer tiempo: proceso de significación). Pero estas
oposiciones no son neutras: se jerarquizan en privilegio de uno de los términos
(segundo tiempo: proceso de discriminación). La significación no arrastra
siempre la discriminación ( oposiciones fonemáticas al nivel de la lengua);
pero la discriminación supone siempre la significación, la función/ signo reductora
de la ambivalencia y de lo simbólico.
3.
El
desglose, la operación de marcar por los signos va siempre acompañada de una
totalización por los signos y de una autonomía formal de los sistemas de
signos. La lógica de los signos opera por diferenciaci6n interna y por
homogeneización de conjunto. Únicamente el trabajo sobre el material abstracto,
formal, homogéneo que son los signos hace posible este acabado, esta
perfección, este espejismo lógico que hace la eficacia de la ideología. Es la
coherencia abstracta, suturando todas las contradicciones y las divisiones, lo
que hace su poder de fascinación (el "fetichismo") y que vuelve a
encontrarse tanto en el sistema erótico como en la seducción perversa ejercida
por e] sistema del valor de cambio, presente por entero en la menor mercancía.
4.
Esta
totalización abstracta permite a los signos funcionar ideológicamente, es decir
fundar y perpetuar la~ discriminaciones reales y el orden del poder.
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